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domingo, 27 de abril de 2014

El camión de bomberos

A Juanito Beamontés Pozo siempre le costó dormir. Desde bien niño, todas las noches, bebía té de melisa y valeriana. Se lo preparaba su madre desde temprano y lo mantenía a buena temperatura para cuando él lo quisiera. Pero esa noche, en su noveno seis de enero, no se lo quiso tomar. 

Hacía meses que le rondaba en la cabeza una idea peregrina que le estaba costando algún que otro coscorrón por ausente y distraído del bueno de Don Saturnino, un cejijunto estrábico, y quisneto a partir de la rodillas, maestro de escuela de día y operario guardabarreras del tren el resto de la jornada, el cual le decía que. o se aplicaba en las letras, o bien haría yéndose a pastar al llano sin que su santa tuviese que partirse la rabadilla para pagar la peseta semanal de su estipendio. Nadie parecía entenderlo. Como solía hacer antes, su madre ya no le perdonaba cuando rompía algún huevo, por tener la mente abandonada al batiburrillo de ideas extrañas que le traspasaba la mente diluyéndose con lo habitual. Y él ya comenzaba a estar harto de que todo el mundo le diese la espalda. 

Como nadie se había molestado en preguntarle qué le ocurría, nadie sabía que no podía estar como siempre. Él tenía todas sus neuronas concentradas trabajando en trazar un plan infalible para evitar el infortunio anual que le había tocado en suerte. Su idea era sorprender a quién o quiénes fuesen que pusieran cada año debajo del pino de plástico al que sacaban y desempolvaban del altillo todas las navidades: un trajecito de domingo con fruncidos y tiras bordadas cuando a él, aunque le dijese a su madre que siempre pedía salud, porque de amor tenía mucho y de dinero lo suficiente, ya le dolía la caligrafía y toditos los acentos de requerirles un camión rojo de bomberos...Tanta historia que habían hecho los demás, tanto bombo, tanto platillo y, tan sólo era eso. Nada más.

Entre las numerosas estrategias elucubradas al final, se quedó con la menos laboriosa. A Manolete, con mucho el mejor amigo que tenía, le había ido bien con ella, y decidió hacerla propia, aunque estaba bastante enfadado con él desde que se la confesó. Tan camaradas como habían sido siempre y ahora no le quería contar lo qué descubrió. ¡Tenga usted amigos para eso, le decía como saludo matutino al llegar a la escuela, y como despedida al finalizar la lectiva como recurso rastrero para hacerle flaquear en su testarudez. No le sirvió de nada. Solamente para que la inquina mutua creciera más. 

Enfadado o no, estaba decidido. Ese año, pese a quien pese, los atrapaba. Y eso que la madre le decía que hasta que no se durmiese, los Reyes Magos ni se acercarían. Pero a él, unos señores de tan viejos milenarios que ni siquiera entendían su letra, siendo ésta muy clara según le habían comentado todos, no le parecían difíciles de burlar, por lo que arropado en su cama se dispuso a fingir el sueño al arrullo de las intrigas espeluznantes de Perrault con las que su madre solía arrullarle las largas noches de invierno.

Todos los ruidos del mundo parecían haberse concentrado fuera. El viento soplaba incansable azotando con brío las contraventanas descascarilladas y se colaba a silbidos por los resquicios gastados de la madera. A lo lejos, se escuchaba como algunas ponedoras pintadas hacían bulla en el corral, mientras que el gallo, seguramente alarmado por la trifulca, vigilaba subido inconmovible a la palanqueta. Pero en la habitación, al niño le parecía que el tiempo estaba silenciosamente detenido, y eso que, no había pasado ni media hora desde que la lectura de oídas de su memoriosa madre iletrada cesara y se fuese a continuar con sus eternas labores. 

Juanito, seguía erre que erre con su vigilancia solapada bajo la luz tenue de un candil. Los ojos se le cerraban, pero él los abría una y otra vez. La flaqueza del momento podría prorrogar un año más su sufrimiento. Debía ser fuerte y plantarle dura batalla a la somnolencia que le tentaba con suaves oleadas en el calido abrazo de las mantas del lecho. Luchó al principio con laboriosidad febril, pellizcándose el cuerpo y cantando por dentro, luchó luego, viéndose ganador, más ponderadamente. 

Sin saberlo, empezó a perder la liza cuando cambio de postura para aguardarlos más cómodo. Aunque él creía estar pensando, poco a poco, la noche le había transpuesto al sueño y, cuando se vio a sí mismo, echándole una bronca majestuosa a tan insignes altezas en un lujoso salón, simplemente, soñaba. En aquel maravilloso sueño todos le aplaudían. Su madre, don Saturnino, los compañeros que le llamaban “tarao” por estar siempre visitando a las musarañas... Ahora todos verían quién era, y lo equivocado que habían estado. Se sentía tan orgulloso de la hazaña venidera que sonreía y bisbisaba algo en su pensamiento que le hacía reír tanto, tanto, tanto que, de pronto, le acometió un ataque de hipo desproporcionado que con el movimiento del cuerpo, hacía zarandearse los débiles tablones del humilde camastro de madera. 

Adela Pozo Ayala, su madre, entró angustiada por la puerta con su mandil del torno acuchillado por años de trabajo, aún manchado de arcilla fresca: dejando caer por las prisas y la preocupación, la mitad de la escudilla que sostenía entre las manos. Es agua, tómatela de una vez sin respirar, le ordenó angustiada. Pero a Juanito, tal cosa, le pareció una verdadera temeridad y por muy apesadumbrada que viese a su progenitora: cuan huraño y desconfiado como a veces podía ser, se negó a hacerlo moviendo la cabeza tercamente hacia ambos lados. Ante lo cual, a la pobre mujer que lo conocía mejor que nadie, no le quedó otra que darle un sonoro capón y hacerle señas con la mano advirtiéndole de que se estaba jugando un guantazo y que iba en un lugar destacado. 

En la desesperación por el hipo recurrente que se hacía a cada momento más tenaz, la orden se cumplió sin éxito contra la voluntad del niño, que mantenía cerril, que era peor el remedio que la enfermedad. Tras horas de constantes hipos, de algunas idas y venidas de escudillas vacías o medio llenas por las prisas y la preocupación: amanecía sin traje con fruncidos, ni camión, debajo del pino de plástico. Fue entonces, cuando ambos tuvieron la certeza de que la noche había llegado a su fin, porque la luz del sol se colaba por entre los carcomidos tablones de la pieza, que el hipo cesó de golpe dejando a su paso un incómodo sabor a desilusión. 

El niño estuvo llorando durante horas que le parecieron siglos hasta que el cansancio lo sumió en una especie de retahíla de palabras descosidas. La madre le envolvió con una manta más. A ella le parecía que Juanito con sus tembladeras estaba muerto de frío, así que, buscó algo más de abrigó y le arropó cuanto pudo; apagó el candil que prendía junto al dintel de la puerta, y salió de la habitación sin cerrar para seguir velando el sueño del joven delirante en la sala contigua. Fue un mal día para ella. Muy temprano avisó a Don Tomás Alonso Pereira que ejercía de médico sin título, pero diligente y educado, que estuvo procurando hacerlo venir de nuevo a este mundo, sin embargo, la tarea le parecía imposible: el niño, por momentos, se iba en lontananza irremediablemente al cielo.

Adela pasó la mañana dando vueltas alrededor de nada mientras sostenía en la mano la carta del infantil amanuense, como si sostuviera una gran carga, un enorme peso que doblaba su esqueleto y le hacía sentir culpable. El espurio galeno seguía sin decir nada pero una madre lo sabe. Aunque no sepa ni media misa, ella sabía que aquel papel, aún sin entender nada de escritura, no ponía ni tanto así de trajecito. Y al almuerzo, como el niño seguía con las tiritonas y los soliloquios efervescentes, Don Tomás, después de percibir la minuta, se persignó, abrazo a la afligida madre y marchándose presuroso argumentando la visita habitual a un enfermo de azúcar: la encomendó efusivamente al amparo de Dios. 

Pasaban las horas y no sucedían signos de mejora, al contrario, en tocando la seis en el antiguo reloj de cuco que estaba sobre la mesa en espera de que alguien lo volviese a colgar donde siempre estuvo, en la pared, entre la foto de Miguel Beamontés Solís, padre de Juanito muerto al regresar de la guerra por una bala amiga de celebración, y la foto de bodas, en la que hasta al muchacho le costaba reconocer a su madre de lo cambiada y joven que estaba, y eso que él se la sabía toda entera, porque le gustaba observarla en las raras ocasiones en las que dormía la siesta: el niño empezó a hundirse más y más en la calentura, que amenazaba en perdurar hasta que Colón o San Pancracio bajasen su misericordioso dedo.

Adela ya no encontraba qué hacer. Lo probó todo. Paños fríos, abluciones, trapos rojos, pelusilla de lana en el entrecejo inclusive, si bien, esto era un remedio antiquísimo para el hipo que nunca le había funcionado y, que los espasmos hacía ya rato que habían finalizado... Nada parecía dar resultado, y se puso en lo peor. La muerte no estaba entre sus planes inmediatos pero después de haber llorado a un marido no le quedaban fuerzas para llorar a un hijo. Salió de casa con los pocos ahorros que tenía dispuesta a terminar con su vida. 

El pueblo parecía ajeno a su dolor. Incluso el sol radiaba con más intensidad de lo habitual. Sí, el sol seguiría estando allí cuando ellos se fuesen. ¿Cuántas veces necesita salir el astro rey para que los hombres comprendiesen que siempre amanecería?, pensaba absorta recorriendo las calles abarrotadas de niños sonrientes con juguetes nuevos. Algunos toda la vida, aún después de salir lo dudan y creen que todo se acaba con ellos, seguía preconcibiendo en su especie de filosófica lucidez transitoria. Se gastó todas las perras en un bebistrajo ponzoñoso matarratas y alimañas, lo que vendría a ser su último alimento, pero no le alcanzaba para comprar un hermoso camión que estaba expuesto en el almacén del pueblo. 

Pese a que no tenía ni idea de que a su hijo le gustase, estaba tan convencida de que le haría ilusión, que sonrió con su sonrisa singular, no la habitual de cada día con la que saludaba a los vecinos, al cura, y al tendero y eso que les fiaba en los meses de invierno cuando el trabajo escaseaba, sino la misma que lució el día de su casamiento cuando Miguel la miró a los ojos y asintió, y la misma con la que recibió a Juanito el día de su anticipada llegada al mundo, era su sonrisa de gala. 

Cuando salía del almacén con el camión debajo del brazo, solo lamentaba haber tenido que pedir a cuenta algo que no iba a poder pagar. Ella era pobre y no hacerse cargo de lo propio, le sacudía la conciencia. No quería quedar para la posteridad como una simple ladrona. Pero a medida que avanzaba se fue olvidando de lo que podrían pensar los demás cuando ya no estuviese. No teniendo pues, la urgencia de satisfacer a nadie, de regreso a casa fue pensando en la vida, y se quedó sin aliento. La vida le había dado argumentos para conocer que ninguna desgracia era la última, pero esta vez adivinaba que sería, indudablemente, la definitiva. Eso le hacía tristemente feliz.

Lo primero que hizo al entrar por la puerta, tras sacudirse el polvillo que el techo dejaba caer, producto del último encalado mal hecho a escobazos, fue llenar el barreño metálico que usaba como bañera. Estuvo calentando agua y depositando dentro pétalos de azahar. Sabía por María la santera, que se lo dijo en secreto, que inducen a dormir mejor y a tener buenos sueños. Rellenó hasta medio barreño con agua caliente, y lo que faltaba, con agua fría para atemperar. Lo completó hasta el mismo borde, sin temor a que se derramase. Total, advirtió, no iba a tener que limpiarlo después. Se quitó la tricota azul y la pollera del color indefinido por los años y los lavados con piedra en el río, los escarpines abusados, y se zambulló dentro de aquel líquido perfumado como lo haría una mujer sin preocupaciones a la que no se le estaba muriendo el hijo de fiebre en el cuarto colindante. Ya había decidido que nada importaba. Allí acababa todo. 

Tras largo rato sumergida y sumida en recuerdos entrañables, como en aquellas ocasiones en que en llegando Miguel al río lo asaltaban a escondidas detrás de la aceña y él, dándose por sorprendido, caía al suelo entre extraños aspavientos propios de un niño hasta conseguir que ellos se acercasen riéndose para acabar juntos rodando por la hierba. Eran tiempos mejores, musitaba tristemente, y las palabras que salían de su garganta reverberaban en el agua con un sonido aciago. ¿Quién le iba a decir a ella que le sobrevendrían tantos reveses? Aunque al final terminara bien, el primero fue el milagroso nacimiento sietemesino de Juanito. La matrona, según comentó después, no había tenido un parto tan complejo como aquél. Su hijo, por la precariedad del alumbramiento nació muerto y lo amortajaron como a un serafín. Tras diez horas de parto y cinco de velatorio, fue un milagro que el sietemesino amortajado llorase, porque definitivamente ya todos, le daban por muerto. 

Con esta evocación, Adela salió del agua como movida por un resorte de resurrección, tapándose y sujetándose al pecho únicamente por un nudo con una nívea sábana bajera. Para la ocasión quiso lo más espiritualmente inmaculado. Después de colocar con intencionado primor el camión junto al niño, tal que parecía que Juanito estuviera abrazándolo y, sincrónicamente, jugando a tañer una de las campanillas doradas: se peinó con dos roscas trenzadas; se apartó dos platos de guiso del pote que humeaba en el lar y los acompañó por un buen trozo de quesadilla, la última cuajada que quedaba en la casa, un poco de leche, y un resto de miel... No estaba dispuesta a dejar que los pocos alimentos que tenían se estropeasen. Luego cogió y colocó aquel viejo reloj que andaba sin acomodo desde hacía tanto ya. Todo parecía estar en orden y a continuación, bebió amargamente, apurando la última gota del bebedizo nauseabundo. Se tumbó, sin derramar una lágrima, junto al cuerpo agotado del hijo, esperando con tranquilidad la llegada de la muerte. 

Juanito, al despertar, estaba en su cama. Sin recordar nada, buscó a su madre encontrándola junto a sí, desnuda y blanca como la cera, vomitando las entrañas en una bacinilla ocre de loza desconchada, y ensuciando por descuido el camión rojo de bomberos con las campanillas doradas a ambos lados y la escalera de madera sobre la cisterna bien plegada, que él tanto había deseado. Al punto lo cogió limpiándolo con una tela clara que olía a flores que encontró encima de la cama. Al fin era suyo. Lo acarició con los ojos cerrados como sólo acariciaba al último recuerdo paterno, aquel difuso olor a tabaco en las manos de su padre. Tanto esfuerzo había dado resultado.

Adela lo miró mientras recogía el agua derramada y se vestía para seguir dando forma a los cacharros que les daban de comer: pucheros, platos, escudillas, cántaros, aguamaniles, lebrillos... y en los veranos figurillas típicas, sobre todo de animales de la altiplanicie de la montaña pasiega para los turistas. Mirándose en el espejo, se acomodó el pelo revuelto y se echó suavemente polvos encarnados sobre las lívidas mejillas. Cogió el mandil. Al Atárselo fuertemente a la cintura notó que su acostumbrado abrazo la reconfortaba. Y saliendo del cuarto para cumplir la labor, volvió a mirar al hijo. Otra vez milagrosamente recién nacido, definitivamente pobre, jugando tan inocentemente con ese camión fiado. Se alegró, con su sonrisa singular, que aquella redentora indigestión hubiera conseguido que, esa alma cándida, no fuese también, irremediablemente expósita.


1 comentario:

  1. Siempre logras llegar al alma,sea de la manera que sea..impactas... Es un verdadero placer leerte!!!! me encantas! te quiero!

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