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martes, 2 de diciembre de 2014

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¡Puta suerte!


Microrrelato: ¡Puta suerte!


Haciendo gala y menester del más viejo y pecaminoso oficio, hubo un día en que la moza Eloina, jubilosa, retozaba encaramada a las ganas de un apuesto parroquiano que se podía permitir sus servicios.
De súbito,  por un fuerte sismo, el suelo del pajar se desgarró, y sobre sus cabezas, se desplomaba de golpe el pesado techo.
En el pórtico Celestial, Eloina se quejaba con furia a San Pedro. ¡De cualquier manera quería saber quién había decidido hacerla sobrevivir en pleno gozo a los veintitrés, para luego matarla a los noventa de aburrimiento!

©Ainhoa Núñez Reyes
Imagen: ©Puñués

viernes, 28 de noviembre de 2014

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Celeste



Celeste no es un color ni una bóveda majestuosa que cobija y ampara, ni es eterna, ni una criatura angelical. Celeste es un alma atormentada, una sombra arrepentida, unos pasos sin sentido ni rumbo huyendo del tumulto de la tempestad. Celeste existe porque no respira, ni ríe a veces, ni habita, ni se balancea por los mismos círculos gastados que los demás. Y solo Celeste sabe que todo aquello que los otros  creen y asumen no es real. Ni el aire es aire ni se rompe en brisa, no brilla el sol ni tiene agua el mar. Celeste es la única que sabe que los vivos que se le aparecen, desconocen que no existen, que vivieron  y  dejaron de estar muertos muchos años atrás.


©Ainhoa Núñez Reyes

viernes, 21 de noviembre de 2014

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Polvo de estrellas



El grupo Territorio de escritores viene realizando unos retos literarios semanales y en esta ocasión había dos opciones, A y B, que consistía en construir un trabajo en prosa o verso que contuviera las 12 palabras de la foto elegida, en un máximo de 250 palabras o 20 versos. Más información  aquí.
Yo me he decantado por la opción B en prosa para sacudirme  las telarañas mentales que, dicho sea de paso, estuvieron a punto de causarme daños cerebrales o me lo causaron a tenor del resultado. Si se es carreta, hay que tener los ejes bien engrasados.



 Polvo de estrellas

no estabas y yo… ya estaba adormilada y cansada de esperarte tanto, jugando, una y otra vez, con la fragilidad del lápiz y el papel, hastiada de superponer crueles palabras sin sentido ni fundamento, como quiméricos castillos de naipes flotando en el aire, cuando de pronto, el cielo crujió desgajando la noche en cada una de mis 12 lamentaciones: TU, JACARANDA, FELICIDAD, FRAGILIDAD, JUGANDO, LLUEVE, NAIPE, VIDA, CONSTANCIA, CEREZA, VOLUNTAD, NORAY.
¡No puedo!, grité, y el soplo gélido de mi desaliento borró toda la felicidad del mundo.
Aquel medio cuento vio el peligro de no ser inventado y huyó de mí, pisando por un segundo la nieve azul del jacarandá y, por alguna absurda voluntad mágica,  de mi llanto, a él le llovía la vida y, retórica, retórica a borbotones.
Apenas te creí posible pero nacías inocente, asido a mi viejo noray descascarillado, fruto póstumo del azar, navegante de mi intermitente constancia y, de nombre, Cuentoentero. Ahora  estamos aquí y somos uno e iguales a todas las cosas que nos rodean: Polvo de estrellas en constante evolución. No sé si será la luna el detonante de cada transformación, o un momento loco de inspiración, o “cer”-“eza” cosa que te devuelve el espejo… En fin, lo admito: esto no debería acabar así, haciendo un cuento proscrito por no comerme una cereza en cuanto lo empecé, pero todo es posible si te adentras en territorio de escritores.
De cualquier manera, colorín colorado, este cuento tiene 250 palabras justitas y está… acabado. 

©Ainhoa Núñez Reyes

sábado, 27 de septiembre de 2014

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Eva y Adán

     


 Si para recordar esta noche tuviese que olvidar el resto de mi vida, sin lugar a dudas, lo olvidaría. Recordaría así, la única noche que ha merecido la pena vivir. Ya dejaron de sonar los hirientes alaridos de las sirenas acústicas que avisaban del peligro, y su sonido fue sustituido por el redoblar esperanzado de las campanas de las iglesias que aún quedan en pie.
      Llegó la paz tan súbitamente como se fue y. con ella, el cese del infierno de metralla, cascotes y aire contaminado por los cadáveres de los caídos.  Al final los círculos se cierran y los caminos vuelven al punto de partida. El hombre vivía con odio y con odio murió. Hoy, sólo quedan las cenizas del rencor cayendo lentamente sobre nuestras cabezas.
      Demasiadas cosas acuden a mi mente. ¿Cómo podría poner en orden todas ellas si apenas recuerdo cómo empezó? Durante mucho tiempo vivimos engañados, refugiados cómodamente en el frágil manto de la paz.
      Creímos que nada podía estropear aquel sueño sostenido con hilos minúsculos y frágiles. Presumíamos de ser seres elegidos, predestinados a la felicidad, sin miedo, casi inmortales, y como si un halo luminoso nos separase de lo humano y nos acercase a un tuteo cordial con los dioses: desfilábamos creyendo firmemente que nada de esto podía suceder. Pero sucedió. Las rivalidades se convirtieron en temor a otras formas de entender la vida y el temor, en odio. Nada ni nadie podía evitar el desastre.